Entradas de Pablo MB

Podcaster mexicano, creador impertérrito y legendario extractor de quintas esencias.

Minimalismo

Una discusión doméstica común, a la que me tengo que enfrentar al menos una vez por mes, es que se me acuse de tacaño. Ofendido por semejante insulto, y sinceramente prefiriendo que me dijeran “pendejo” o “mequetrefe”, recurro a una defensa económica y, vamos a ser honestos, un tanto tacaña, al afirmar que más que tacaño soy minimalista, y fallando eso, pragmático.

Pero es un gran error creer que el minimalismo y la practicidad son conceptos relacionados o afines. Por un lado, el minimalismo tiene un gran énfasis estético, y resulta una de las filosofías más imprácticas si se persigue con pasión barroca. La practicidad, por otra parte, es la ideología de la necesidad y lo expedito.

De hecho, ser minimalista requiere de una sociedad plenamente funcional, abundante en servicios y facilidades de todo tipo. Se puede ser minimalista con holgura cuando la cartera está llena y no viene mal tener una o dos tarjetas de crédito. En lugares ricos el minimalista se halla a sus anchas; no así en lugares plagados por la privación. Allí, el minimalismo es aterrador y a duras penas se puede distinguir de la escasez y la miseria.

El sublimar la sencillez es el mayor lujo de una época de abundancia.

Pues no hay individuo más libre que el que se ha desembarazado prácticamente de todo, el que puede ir según le dé la gana con sólo una mochila al hombro o menos todavía. El hombre verdaderamente libre no siente la necesidad de ostentación —una sobrecompensación de la escasez—. La verdadera suficiencia se manifiesta como naturalidad y soltura.

¿Para qué quiere el minimalista una lavadora cuando en la esquina hay una tintorería? ¿Para qué quiere una cocina atiborrada de cazuelas cuando en su ciudad hay tantos sitios para comer fuera, que podría comer algo diferente todos los días? ¿Para qué necesita carros, aviones, lujosas mansiones? ¿Para qué un mayordomo y una mucama cuando la sociedad entera está presta a servirlo, por unos inservibles papelitos moneda? Lo que el minimalista posee lo tiene por placer. ¿Qué hay más lujoso que esto?

Tan afortunado es Occidente, que si no cultivamos un cierto grado de minimalismo, es muy probable que la riqueza nos lleve a la acumulación de lo innecesario. Aquí debo enfatizar el término cultivar, pues sólo a través de decisiones conscientes, que pongan a la estética en el centro de nuestras vidas, podemos evitar el convertirnos en esclavos de las cosas.

El minimalismo es el mejor remedio contra muchos de nuestros peores vicios: acumulación desmedida, banalidad, superficialidad, dedicarle valiosos recursos de tiempo y atención a lo superfluo.

Practicar el minimalismo implica también un ejercicio de reflexión e instrospección. ¿Para qué tengo lo que tengo? ¿Qué tanto de lo que tengo es muleta para mis propias deficiencias e inseguridades? ¿Qué tanto me aferro al pasado que ya no va a volver?

Yo por mi parte, pretendo transitar ligero por este mundo, y darle a cada cosa valiosa su lugar.

Anuncios

El hábito alimenticio que cambió mi vida

Dietas existen muchas. Van y vienen como las modas. Y uno pensaría que con tanto avance en la ciencia, los grandes pensadores embatados de este mundo ya debieran haber descifrado cuál es la manera correcta de comer. ¡Pero no!, hay tanta disparidad y desacuerdo en el mundo de la nutrición que más que una disciplina médica, parece política y chisme de lavadero; y además se puede deducir que las cosas van mal en un dominio del conocimiento cuando hay más consenso en el moderno y actual refugio de la imbecilidad: las humanidades.

Y si bien la impotencia filosófica y moral de las humanidades condenan nuestra alma al infierno de la banalidad, esta destrucción del espíritu es un proceso lento y progresivo, que se manifiesta en las sociedades y las culturas como decadencia y depravación.No así con la ineptitud nutricional, que deja ver su signos en la misma carne, en el cuerpo que constituye parte tan cercana de nuestra experiencia. Es cosa de ver la multitud de individuos maltrechos y deformados por la obesidad que transitan por las calles de nuestras ciudades para sumirse en un terror profundo, y preguntarse cómo es que las nobles formas humanas, glorificadas por Policleto, Miguel Ángel y Bernini, se convirtieron de pronto en un desfile tan repugnante de lonjas desparramadas, excrecencias pendulosas y grotesquerías semejantes.

Pues bien, nuestros fracasos nutricionales nos han sumido de lleno en la peor de las ironías: ser víctimas de la abundancia, como un avaro que muere sepultado bajo una montaña de monedas de oro.

La competencia nutricional puede cambiar tu vida y tu salud para bien

La verdad es que no existe una sola dieta que se adapte a todos los cuerpos, ni a todos los metabolismos. De hecho, no debemos buscar una dieta específica, sino hábitos que nos permitan cuatro cosas elementales, lo que yo llamo competencia nutricional:

  1. Mantener una talla saludable
  2. Mejorar el metabolismo
  3. Ser sostenible a largo plazo
  4. Incrementar el disfrute de la comida

No cabe duda que mantener un peso correcto es una de las mayores dificultades de nuestro tiempo. Incluso si uno logra perder esos “kilitos de más”, lo más probable es que éstos vuelvan y sean cada día más difíciles de perder. La mejoría metabólica se refiere a la eficiencia con la cual procesamos los alimentos y aquí entran sutilezas como la hiperinsulinemia, la autofagia, el microbioma, las cetoadaptaciones, y otros tantos palabrones de muchas sílabas.

Del mismo modo, dietas que no sean sostenibles a largo plazo resultan inútiles y la mayoría de las veces contraproducentes. Finalmente, la comida es una bendición para el ser humano, y vastos aspectos de la cultura son gastronómicos. Es un crimen cuando nuestros nutrimentos se convierten en fuente de angustia y desazón.

Cada quien debe buscar los hábitos que satisfagan las condiciones anteriores. Sin embargo, hay una práctica que debería ser adoptada por la gran mayoría de las personas, pues es un hábito que puede incrementar tu competencia nutricional en un 1000%: el ayuno intermitente.

El ayuno intermitente es la privación voluntaria de alimentos por un periodo variable. Hay varias formas de practicarlo y cada persona responde de modo distinto. Un principio que parece ser universal es que el ayuno —el periodo sin comer— debe ser mayor a 16 horas. Por ejemplo, si comes tus últimos alimentos a las 8 PM, puedes simplemente saltarte el desayuno y comenzar a comer al mediodía, hora muy adecuada para el almuerzo.

Pero ¿no se supone que lo correcto es ir comiendo de poquito en poquito, con bocaditos y mordiditas pudorosas? Eso nos dice la sabiduría popular, pero no hay modo de alimentarse más dañino para el metabolismo que estarlo sometiendo una y otra vez a lo largo del día a numerosos estímulos nutricionales. Pues cada que introduces comida en tu cuerpo, multitud de enzimas e intrincados caminos metabólicos se activan, mantienen a tu cuerpo en tensión constante. No hay evidencia en nuestro pasado evolutivo de que nos hayamos alimentado constantemente, como vacas en la pastura.

No hay conocimiento nutricional más obsoleto que la noción de la tres comidas y las dos colaciones (o piscolabis).

Beneficios del ayuno

Antes de entrar en los beneficios fisiológicos y profundos que tiene el ayuno intermitente en nuestro cuerpo, vamos a ver los beneficios tangibles, para que te vayas animando:

  • Pérdida de peso
  • Menos hambre y antojos
  • Mayor disfrute de la comida
  • Reducción de la inflamación del tracto gastrointestinal (te echas menos pedos)
  • Reducción de la inflamación de la piel
  • Reducción de la niebla mental y menor fluctuación en niveles de energía a lo largo del día

¿Por qué ocurre todo lo anterior? Pues bien, es obvio que si comes menos tiempo durante el día, es muy probable que comas menos. El hambre y la saciedad son procesos influenciados por hormonas (grelina y leptina), las cuales a su vez están sujetas a ciclos circadianos, ritmos de modulación y procesos de retroalimentación negativa; es decir, el hambre va y viene, incluso sin comer.

Una de las cosas más desagradables de hacer una dieta es tener que comer raciones escuetas y miserables. ¡Que no haya lugar para la duda! El ayuno de hecho es la filosofía de una alimentación voluptuosa y sana, en la que uno puede hacer lo que es natural querer hacer: comer hasta saciarse. Por el contrario, restringir el tamaño de las raciones es la filosofía del hambre constante, de apetitos enfermos y anoréxicos.

Diabetes tipo 2

La diabetes tipo 2 es uno de los mayores males de nuestros días. El riesgo de desarrollar terribles enfermedades como el Alzheimer aumenta si desarrollamos antes diabetes tipo 2. Toda una serie de desgracias para nuestro cuerpo se derivan de esta enfermedad: obesidad, inflamación generalizada, envejecimiento, degeneración de tejidos. La diabetes tipo 2 se fundamenta en un fenómeno hormonal: el aumento de insulina en nuestra circulación, o hiperinsulinemia.

Cada que nos zampamos un gansito, nuestro páncreas libera insulina, lo cual a su vez trae diversos cambios: el principal es la disminución de glucosa en nuestra sangre… pero hay muchos otros… la insulina tiene influencia en prácticamente todos los procesos metabólicos. El problema es que si liberamos demasiada insulina, las células se vuelven insensibles a ésta, o “resistentes”: cada vez necesitan más para lograr el mismo efecto. Esto es lo que se llama resistencia a la insulina, el inicio del síndrome metabólico y la diabetes tipo 2.

Sólo hay una manera infalible para reducir la resistencia a la insulina: el ayuno. Cuando pasamos un periodo prolongado sin comer, las células de nuestro cuerpo, necesitadas de energía, se vuelven más sensibles a las indicaciones de su director de orquesta: la insulina.

Inflamación gastrointestinal

Muchas veces, alteraciones digestivas —especialmente las crónicas—, se deben simplemente a que no le hemos dado tiempo al sistema digestivo de sanar. Esto es común en la colitis, e incluso en algunos tipos de úlceras. No permitimos que el cuerpo sane porque lo estamos sometiendo a estímulos alimenticios constantes. Sin embargo, si le damos un descanso a nuestros intestinos, éstos suelen ser bastante buenos para regular cualquier lesión de leve a moderada.

Algunos signos de inflamación crónica en el intestino son los dolores punzantes después de comer, y la cantidad grotesca de gases que se acumulan en el intestino inflamado, saliendo después como sonoros y estridentes pedos, casi siempre en los peores momentos. Así que si más de una vez te has visto gaseando a tus congéneres, pero tu corazón es compasivo, no harías mal en probar el ayuno intermitente.

Microbioma

Una de las áreas de la medicina y la fisiología más apasionantes es el estudio del microbioma. El papel que juegan las bacterias y otros microorganismos que viven dentro nosotros es mucho mayor del que cualquiera hubiera pensado.

La composición de los microorganismos de nuestro intestino en particular, afecta aspectos tan diversos de nuestra vida como el estado de ánimo, el crecimiento y la resistencia a infecciones.

La relación simbiótica que hemos creado con estos microorganismos es compleja, y ellos nos otorgan enormes beneficios. A cambio, nosotros les damos sustratos (comida) y un lugar donde vivir. Estos curiosos inquilinos, cuando nuestra dieta va mal, se pueden tornar en nuestros peores enemigos: son quienes causan pestilentes emanaciones culares, punzantes dolores, chorros inesperados, y contribuyen en buena medida a la niebla mental.

El ayuno beneficia nuestro microbioma porque permite que los microorganismos del intestino modulen su propia ecología sin estímulos externos, como alimentos altamente explosivos: pizzas, refrescos, y otras bombas de azúcar.

Autofagia

Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. Todas aquellas partes disfuncionales de nuestras células, todo lo que ya no sirve, tiene que ser desechado de algún modo. El modo natural de nuestro cuerpo de “sacar la basura” a nivel celular es la autofagia, o devorarse a sí mismo. Esto puede parecer como algo negativo, pero de hecho es un proceso sano y natural.

Por el contrario, las células envejecidas y enfermas suelen tener una gran cantidad de “basura” y por ello son menos funcionales. El ayuno aumenta la autofagia porque las células se deshacen de lo inservible para ahorrar energía.

Hambre saludable

El efecto más delicioso del ayuno intermitente es que el apetito se regula, y el antojo en general se vuelve mucho más entero y coherente. Esto está modulado por el microbioma y también por procesos hormonales de nuestro organismo.

Pero yo también veo que hay algo de cultural y filosófico tras todo esto. Experimentar hambre da una perspectiva diferente sobre la comida. En los momentos de privación, uno se da cuenta de lo preciosa que es la comida, y también de cómo la profanamos al convertirla en algo que tiramos, que no disfrutamos, que hemos pervertido en un placer culposo y decadente.

Todas las culturas tienen rituales y formas de agradecer los nutrimentos de la tierra. Un arte, el arte de cocinar, debería ser elevado al mismo nivel que la pintura, el cine o la música. El problema de la cocina es que sus obras maestras son efímeras. Desde mi punto de vista, esto la hace un arte aún más precioso. Imagina que sólo pudiera haber una interpretación de las bagatelas de Dvořák , y nunca más fueran a ser escuchados… ¡Cuán afortunados serían aquellos escuchas! Así de afortunados somos cuando comemos una comida bien pensada, una que ocupa un lugar especial, una que será sucedida por un largo ayuno, por un gran silencio.

Cómo empezar a ayunar

Cuando uno comienza a ayunar, conviene intentar un ayuno largo, lo más que uno pueda, para permitirle a nuestros sistemas hormonales, energéticos y microbioma que se regulen y se adapten. Es un estilo de terapia de shock. Posteriormente, lo mejor es crear el hábito de saltarse el desayuno y dejar de comer a eso de 8 PM. Dale una semana, y comenzarás a cosechar los beneficios, unos que serán duraderos y más profundos de lo que te atreverías a creer.

Quiero ayunar pero…

Me he topado con algunas personas que se podrían beneficiar del ayuno intermitente, pero suelen expresar diferentes miedos. El principal es que si ya tienen alta el azúcar, temen que se les suba todavía más. Esto es un error conceptual, pues al reducir la resistencia a la insulina, es común que los niveles de azúcar regresen a niveles fisiológicos.

Quienes sufren de colitis y gastritis tienen miedos similares, que por no comer el ácido gástrico les empeore la condición. Sin embargo, la reducción en la inflamación que causa el ayuno puede resultar beneficiosa y aliviar en gran medida estas dolencias.

Finalmente, sí existe un caso en el cual el ayuno puede resultar mortal: aquellos que se inyectan insulina exógena. Esto ocurre porque la abundancia de insulina en periodos de ayuno puede reducir demasiado los niveles de azúcar en sangre, una condición que se llama hipoglucemia, y que puede conducir a serios problemas.

El Deep Work y por qué debes dejar de no hacerlo

¿Traes prisa? Sáltate a los consejos y lifehacks aquí

Al final, lo único que importa son los resultados.

Día tras día, el sol sale para todos y cuando se pone en el oeste, habrá unos cuantos que habrán hecho algo valioso y otros muchos —demasiados— que no habrán hecho nada de valor, que hubiera sido mejor si ese día no hubieran salido de la cama, y hubieran dejado a los demás hacer sin estorbar.

Si observamos a quienes muestran una cara más enérgica, que andan movidísimos, sacando “temas” a diestra y siniestra, convocando juntas solemnísimas, contestando mensajes de texto mientras manejan, no dejando un solo Whats sin respuesta, haciendo llamadas a la vez que envían correos y publican en sus redes, dando vueltas sin parar de un lado para otro; en fin, unos especímenes ejemplares, chambiadores, y que nomás de verlos uno dice: “Me canso de verlo.” Pues bien, estos grandes trajinadores, como regla general, suelen ser los más inútiles, los peores estorbos e impedimentos… Y haríamos bien, al identificar a una persona así, cuidarnos de que no con su afán termine por arrastrarnos a su vorágine de mediocridad e intrascendencia.

Por el contrario, quien opera bajo la superficie, quien le da a cada cosa su tiempo, quien se ocupa concienzudamente de lo relevante, quien quedamente y sin hacer mucho show se pone a sopesar las opciones antes de tomar una decisión, o el que consulta un problema con la almohada (crimen inaceptable para nuestra actual ética de trabajo), es realmente el que, como regla general, crea verdadero valor, y trae significado al mundo: el pilar sobre el que descansa toda gran cultura. En pocas palabras, el mundo funciona gracias al trabajo profundo de quienes todavía saben, o pueden hacerlo.

El trabajo profundo es la aplicación de todo los recursos del ser a una actividad. Estos recursos comprenden la atención, las herramientas, el tiempo, y los talentos.

El trabajo superficial se mide en la cantidad de cosas que se hacen, el trabajo profundo se mide en función del valor de éstas.

En un sistema complejo (del que forman parte la mayoría de los trabajos de nuestros días), el valor absoluto de nuestras acciones rara vez es evidente. No así en profesiones tradicionales donde la pintura, la canción, la artesanía o la escultura se materializan del otro lado de las horas invertidas.

Incapaces de ver el fruto de nuestro trabajo en una obra concreta, nos vemos obligados a asirnos a lo inmediato para encontrar sentido en nuestras acciones diarias. Nos aferramos al business en sí, a la ocupación, el quehacer. Por ello es tan fácil caer en la superficialidad: al desconocer el valor de las cosas, estamos condenados a ocuparnos por el simple hecho de ocuparnos.

Pensamos que el tiempo es intercambiable, fungible, pero la verdad es que no todas las horas fueron creadas iguales. Mejor dicho, no nos relacionamos con todas las horas de la misma manera. Cuando nos aplicamos a una cosa con profundidad y ahínco, el tiempo parece desaparecer, estamos “dentro” de él. Cuando sentimos al tiempo “pasar”, es porque estamos fuera de él, lo estamos perdiendo, se nos va.

Desde el punto de vista de la teoría del Flujo, esto se describe como una “suspensión de la percepción del tiempo”. Cuando estás en los brazos de la persona amada, el tiempo se esfuma. Pero cuando estás viendo el reloj hacia el final de un día pesado, esperando a que llegue la hora de salir disparado, el tiempo se hace particularmente acuciante.

En estados autotélicos (que se satisfacen a sí mismos), como el flujo, la aplicación del ser es absoluta y las herramientas se convierten en extensiones de nuestro ser. El sentimiento de unión con la máquina, o con la naturaleza, o con la obra, es común. Es el momento de inspiración cuando las voces de las musas se alzan, y el numen o el dios se asoman. Lejos de toda esta licencia poética, en estos trances es cuando llegan los mayores resultados. El violinista siente que el violín se hace parte de su cuerpo y la música brota sin dificultad. El escultor siente que el mármol respira con él y comienza a percibir al David bajo la fría roca.

Como todo genio emerge del trabajo profundo, su relevancia de es innegable. El problema se vuelve entonces cómo acceder a éste.

Trabajar con profundidad requiere de estos ingredientes:

  • Tiempo de calidad
  • Atención
  • Un objetivo específico
  • Ocio

¿Qué es el tiempo de calidad? Si tomamos dos horas de un día y las desperdigamos por aquí y por allá, nos quedamos con fragmentos de 15 o 20 minutos en los que, apenas nos encarreramos, ya salió otro quehacer, o ya sonó el teléfono, o ya vino alguien a chismear. La idea de que el tiempo es fungible no toma en cuenta los misterios del tiempo ni nuestra misma naturaleza, que tiene sus horas predilectas.

Además, a la profundidad no se puede acceder nada más de un jalón. Por definición, hay que transitar por algún vericueto antes de llegar al corazón —a lo profundo— del bosque. Desgraciadamente, uno no puede permanecer ahí, esa es una condición reservada para los genios y los locos. Para el resto de nosotros, la expulsión es inmediata, y basta con la menor distracción para privarnos de los sitios más interesantes de la conciencia.

Con el tiempo, o mejor dicho, a través del ritual, uno puede aprender a transitar con mayor soltura por las veredas de lo profundo y así llegar más rápido al corazón de las cosas. Esta maestría se adquiere tras muchos años de práctica, y entretanto no queda más que dedicar tiempo de calidad a lo importante. Hablo de periodos largos e intensos, sin interrupción, de unas tres a cinco horas, a las que uno se acerca con la reverencia de un sacramento.

La atención cumple una función crucial. Estar en las profundidades es penetrar en el terreno de lo sagrado, es un sitio en el cual se nos tolera pero en el que no somos bienvenidos. Incluso nuestra mente no aguanta bien estar ahí. Sin la capacidad de atender con intensidad, el trabajo profundo es imposible pues entonces es nuestra propia mente la que se vuelve fuente de todas las distracciones, es ella quien nos fragmenta el tiempo y nos condena a la mediocridad.

Por este motivo, una de las mayores herramientas para quien busca profundidad es la meditación. Conforme vamos practicando esta disciplina y ejercitando los músculos mentales, nos volvemos más resistentes a las interrupciones, no sólo internas sino también a las externas.

Ahora, sin un objeto específico, la atención no sólo es imposible, sino que la divagación nos conducirá a las peores banalidades. No hay nada peor que aplicarse a algo que es superficial, con la creencia de que es profundo. Es tan absurdo como el senderista que se muere de hambre, perdido en el bosque, tras haber dado vueltas una y otra vez sobre sus pasos, estando a sólo unos cuantos metros de la cabaña del guardabosques. Las mentiras matan, al igual que las mejores verdades.

Finalmente, el trabajo profundo no puede llevarse a cabo sin tiempo de relajación, de descanso y de ocio. De hecho, el estar todo el día ocupados es contraproducente para la profundidad. La jornada de trabajo de 12 horas, si algo ha causado, es más bien un incremento del trabajo superficial, en la multiplicación de los procesos, en la tiranía de las burocracias.

Los maestros del el Deep Work lo cortejan unas cuantas horas cada día y después permiten que las cuerdas de su mente se relajen y vibren a su gusto, lentamente forjando su genio en los hornos oscuros de la conciencia. Ahí se gesta la creación que saldrá a la luz en la siguiente sesión de trabajo profundo. Por el contrario, quien se mantiene todo el día ocupado, todo el día “bajo el sol”, no logra más que chamuscarse y acaba por poner su fe en la inmediatez de aquel espantoso vicio de nuestros días: el sisifeísmo.

El trabajo profundo es una habilidad que se debe practicar y cultivar. No es una característica innata que, si la tienes chido y si no, pues ya ni pex. Esto es alentador pues mientras más practiques el trabajo profundo mayores serán los resultados que obtendrás. Si no lo practicas, cada día te será más difícil hacerlo, y el efecto total del trabajo en tu vida será escaso: tu vida será mediocre. Pero si te aplicas al Deep Work, día tras día, no te quedará más remedio que aspirar a algo grande.


Aquí les dejo consejos y lifehacks para traer el trabajo profundo a sus vidas.

Un artesano profundamente sumido en su trabajo. La artes manuales invitan al trabajo profundo.

1. Apaga el celular

No cabe duda que el mayor distractor de nuestros días es el teléfono móvil. El denostado smartphone, ese estropeador de todo lo valioso, que arruina nuestras vidas a través de la máscara de la conectividad, la productividad y la eficiencia. A través de notificaciones, llamadas y funestas manipulaciones dopaminérgicas, el celular ha logrado situarse como la prioridad en nuestras vidas, como dueño de nuestro tiempo.

El celular ha hecho que hasta lo más trivial se eleve a nivel de prioridad.

Aunque parezca imposible librarse de su influencia, hay muchas maneras de mediar esta situación. Hay apps que bloquean a las demás, así uno puede evitar la tentación de despilfarrar una hora o dos en YouTube, Instagram o 9gag. Yo uso Block apps, la que no sólo me permite bloquear aplicaciones intrusivas, sino que me deja programar periodos en los cuales ciertas apps no están permitidas. Esta periodización es crucial para el Deep Work.

Además de un bloqueador de apps, es necesario usar la función de “No molestar”. Esta función se encuentra tanto en Android como en iOS. Es muy útil para quienes sí tienen que responder a emergencias de vez en cuando, pues se puede configurar para que sí pasen llamadas repetidas. Si alguien llama varias veces —como suele ocurrir en emergencias de verdad— la llamada sí entrará.

Sin embargo, las dos estrategias anteriores son medidas parciales y siempre estará la tentación de levantar el teléfono para ver si no nos escribió alguien. Esto ya es un reflejo para la mayoría. Lo mejor es apagarlo y ponerlo en un lugar que no esté tan a la mano; como mínimo, en la habitación contigua.

2. Agenda tu Deep Work

Todos los días tienes que dejar horas de alto valor para trabajo profundo. Esto significa que no puedes comprometerte a nada más durante esas horas. Especialmente en países latinos, nuestra noción del tiempo es un tanto flexible, y no es raro que agendemos varias cosas a la vez, o que subestimemos el tiempo que nos tomarán.

La clave para comenzar a hacer trabajo profundo es que el tiempo destinado a éste no se vea transgredido por otras ocupaciones o compromisos. Es un tiempo sagrado el cual tus colegas, amigos y familiares, deben aprender a respetar. Esto puede parecer anti-natural a nuestra cultura, tan basada en la cortesía. No obstante, si somos buena onda y acostumbramos a la gente a que estamos disponibles a cualquier hora para cualquier tontería (y el celular hace que esto sea muy factible), no debe sorprendernos que nuestro tiempo esté a la disposición —negligente— de los demás.

Si temes ser descortés o consideras que tener tiempo protegido es imposible en tu lugar de trabajo, te sorprenderá lo rápido que la gente se acostumbra a los hábitos de los demás. Si alguien sabe que usualmente no estás disponible de tal a tal hora, la probabilidad de que te molesten será mucho menor. Te tomará un par de semanas “condicionar” a los que te rodean para que empiecen a respetar tu trabajo profundo.

3. Lleva un diario

Una cosa es agendar y proteger el tiempo para el trabajo significativo, pero otra es mantener el curso de tus acciones a lo largo del tiempo.

Nuestra mente tiende a la entropía. Puedes tener un horario perfecto semana tras semana, pero si no llenas ese tiempo con trabajo valioso, de nada sirve el esfuerzo y más te valdría volverte una de esas personas siempre ocupadas y amantes del ajetreo.

Un diario te otorga un registro de tus objetivos, te da un mapa de cómo vas progresando y además te permite percatarte a tiempo cuando vayas perdiendo el rumbo. No hay nada más revelador que tener un acceso a nuestro yo pasado.

Y no me refiero al Querido diario… que termina por convertirse en un ejercicio de narcisismo y complacencia. El propósito de un diario bien llevado es organizar la mente y orientarla a objetivos concretos.

El método que más me ha funcionado es el famoso Bullet Journal (BuJo)de Ryder Carroll.

Aprende a llevar un BuJo aquí

4. Medita, aunque sea un poco

El tema de la meditación está un tanto polarizado hoy en día. Hay quien lo considera un absurdo new age, y por otro lado está quien lo considera la panacea de nuestro tiempo.

Sea como sea, la meditación, especialmente cuando se hace sin pretensiones de misticismo, es un gran ejercicio para el músculo de la atención. La manera más fácil de practicarla es buscando un lugar callado y tranquilo, sentarnos cómodamente, y tratar de concentrarnos en nuestra respiración.

Pronto verás que es más difícil de lo que parece y que cientos de pensamientos paralelos inundan el flujo de tu conciencia, casi siempre con algo negativo.

La meditación tiene una gran virtud: nos hace darnos cuenta de que la mayor parte del tiempo reaccionamos sin pensar. Todo el que medita vive una vida con mayor intención: uno de los requisitos para el trabajo profundo.

5. Organiza tu día según tu cronotipo

Nuestro cronotipo determina a qué hora del día estamos más dispuestos para ciertas actividades: dormir, comer, trabajar…

El Dr. Breus ha revolucionado cómo pensamos en los cronotipos, al percatarse que los ciclos circadianos son distintos de persona a persona pero que existen 4 “personalidades circadianas” que se ajustan bien a la mayoría.

Los osos

Es la mayoría de la gente. Su ciclos de sueño están determinados por la salida y la puesta del sol. Los osos no tienen problemas para dormir, son personas tranquilas y bonachonas. Los osos son más enérgicos a eso de las 10 AM y tienen energía constante a lo largo del día pero empiezan a flaquear a eso de las 4 PM.

Los delfines

Son personas que suelen ser un tanto neuróticas, susceptibles al insomnio y que se despiertan cansadas incluso después de una noche de sueño. Es muy común que los delfines no tengan un horario fijo. A pesar del caos, son individuos muy inteligentes y perfeccionistas. Es el cronotipo más raro.

Los leones

Son los típicos madrugadores, personas que se despiertan sin necesidad de un despertador y que mientras los demás estamos soñando plácidamente, ellos ya corrieron tres maratones, mandaron 1,000 correos y, por si fuera poco, se mantienen optimistas y lozanos. Muchos líderes son de este cronotipo, y suelen ser personalidades enérgicas y dominantes. Y como dice el dicho, el león cree que todos son de su condición, es el típico mamón que quiere que todos estemos despiertos a las 5 AM. Los leones son quienes, de natural, suelen hacer trabajo profundo. Esto es porque a las horas innobles a las que se despiertan, no hay quien los moleste.

Los lobos

Somos los nocturnos por excelencia. Aquellos a los que, si nos dejan, nos vamos levantando al mediodía —muestra del gusto más exquisito— y que, si por algún motivo nos tenemos que levantar temprano, estamos de un humor atroz el resto del día. Somos aquellos güevones clásicos que también tenemos una tendencia hacia el trabajo profundo, pues cuando nosotros seguimos despiertos, ya no hay quien nos moleste. En un mundo de osos que fue diseñado por leones, debemos tener cuidado de no estropear nuestro día-de-mañana yendo a dormir demasiado tarde (algo que nos encanta). Los lobos tendemos al trabajo independiente y en nuestras manadas abundan artistas, creadores y escritores.

Entérate de tu cronotipo con este quiz

6. Descansa de veras

Si algo me gustaría que se sacara en claro de este blog es que el estar siempre ocupado no es una virtud, sino el peor de los vicios. La capacidad de estar todo el tiempo conectados, puede hacer que perdamos los preciosos momentos de descanso sin siquiera darnos cuenta.

Durante un día de la semana, no agendes absolutamente nada, deja que el antojo y la casualidad dicten las actividades del día. Sal a la montaña, sal a caminar por la ciudad, lee un libro fácil, entrégate con pasión a un hobby, o duerme hasta hartarte. Si te aburres, ¡bien! El trabajo profundo necesita de tiempo vacío, es donde se hacen las conexiones conceptuales más inesperadas, es el momento del Eureka!, el momento para ir a echar una siesta bajo un manzano.

El celular arruina estos momentos. Apágalo si puedes, o compra un celular de barra para llamadas de emergencia.

7. Una sola cosa a la vez

Todos los consejos anteriores te permitirán acercarte al Deep Work, pero poco dicen sobre lo que ocurrirá en esos valiosos momentos de profundidad. Si bien los enemigos externos del trabajo profundo son la distracción, nuestro estado fisiológico y nuestra falta de atención, su enemigo interno número uno es el maldito multi-tasking.

Quien intenta hacer varias cosas a la vez las terminará haciendo todas a medias.

Una sola cosa a la vez. Una sola… Todo lo valioso merece semejante dedicación. Aspirar a los valioso significa sacrificar todo lo que no lo es. El trabajo profundo es un movimiento que abarca dos extremos: la afirmación apasionada, el decirle ¡Sí! a una sola cosa; y la negación de hierro, el decirle ¡No! a todo lo trivial, a lo intrusivo, a lo superficial.

Ahí se comienza a asomar la profundidad, cuando admitimos nuestras limitaciones temporales pero, de cara al abismo, tornamos nuestro defecto en un ventaja, la voluntad de grandeza.

De la montaña

Tener un amplio pecho suele ser un gran estorbo. Hay que hacerse camino entre las multitudes a empellones y las camisas se abomban de tal modo que uno parece una botarga, o una mantecada desparramada. Y si bien el amplio pecho permite hilar oraciones largas y melifluas, la cortedad de pensamiento de nuestros días impide dar rienda suelta al cavernoso y dulce fruto de la reflexión. ¡Oh no! En nuestros días, el lugar-común domina por sobre todo discurso: sentencias rápidas y nasales blandidas por homúnculos de pechos hundidos, estrechos y suaves…

Sólo hay una circunstancia en la cual los individuos de amplio pecho nos encontramos en una clara ventaja: durante las caminatas. Aún más si éstas son a gran altitud, pues cuando el aliento se le acorta a los demás, nosotros podemos entonces comenzar con una grandiosa perorata, y quienes caminan en torno nuestro no tienen más recurso que escuchar, o morir asfixiados al intentar detenernos con algún: “¡Ya wey! Venimos a hacernos pendejos, no a pensar.”

Quizás por ese motivo, el método peripatético recibió tantos encomios en el mundo antiguo, y más que un método para promover el pensamiento, se trataba de una prueba físicoespiritual para evitar indignidades como las que abundan en nuestros días: quien no tuviera el pulmón para seguir el paso del discursante, debía abandonar sus pretensiones filosóficas y quedarse atrás para recuperar el aliento. Y si alguien objeta que es injusto suponer que la valía de un discurso se encuentra directamente relacionada con la capacidad torácica de una persona, permítanme contestar que no por nada hay una gran afinidad entre el concepto de respirar y el concepto mismo del espíritu, siendo en muchos idiomas palabras afines o derivadas. Así pues, no es infrecuente que las palabras más sustanciales sean proferidas por seres que, como Platón, podían presumir de la anchura de sus hombros.

En fin, que hacia finales de 2018, en días aún solsticiales, mi amigo el Chan y su fiel relator, nos dimos el mejor regalo de fin de año que se pueden dar un par hombres que transitan entre la juventud y la madurez: un día en la montaña. Bien pronto, mientras rebasábamos a otros senderistas de menor valía, un hermoso discurso se entabló entrambos: los horrores de la pared norte del Eiger, la banalidad de las expediciones Himalayas contemporáneas, y el significado de la montaña para el espíritu moderno.

Conforme fuimos ganando altura, la dificultad de respirar y la exposición a los elementos fueron lentamente despoblando nuestra conversación hasta que por fin nos sumimos en el silencio y el placer puro de estar en la naturaleza. Desde los hielos de los picos hasta el dorado atardecer en las laderas, y la sublime caminata a través del bosque oscuro, con el manto de estrellas sobre nosotros, el pensamiento fluctuó de lo práctico, a lo histórico, a lo político, a lo sublime. Recojo aquí las reflexiones de ese día, sobre qué significa ir a la montaña y estar en la naturaleza.


Antes nadie iba a las montañas. El montañismo es un fenómeno moderno. Petrarca mismo se aventuró a la cima del Mont Ventoux y es de quien primero sabemos que fue a las alturas por el puro placer de hacerlo. Claro que el Ventoux es una escalada un tanto risible en nuestros días, pero por algún lado se tiene que empezar. Más de un siglo después, el mismo año que Colón llegó a nuestro continente, Antoine Ville escaló el Mont Aiguille, cima nada desdeñable. Con él comienza formalmente el montañismo.

En nuestros días, cuando la mayoría de las cimas ya están conquistadas, nos vemos obligados a definir la absurda actividad de subir montañas como “algo personal” y que “significa algo distinto para cada quién.” Llegando tan pronto al relativismo, podríamos afirmar que ya no hay nada que decir y mejor dar el asunto por concluido. Sin embargo, me parece un error afirmar que porque algo sea personal, esto tiene que ser aleatorio e inaprehensible.

Si bien podemos postular que el moderno va a las montañas por alguno de los siguientes motivos: reto personal, conquista, ejercicio, aburrimiento, amor a la naturaleza o nomás porque “está ahí”; no nos conviene explorar la cuestión desde ese punto de vista. Más que preguntarnos qué significa ir a la montaña hoy, deberíamos comenzar por preguntarnos por qué la gente no iba a éstas antes.

Vista desde la cima del Pico del Águila, Nevado de Toluca. Alt. 4,680 msnm.

La gente evitaba la montaña porque era el recinto de lo divino y lo demoníaco, lugar al que uno se aventuraba sólo en condiciones de extrema necesidad. Las cimas no eran sitios desolados y vacíos o poseedores de eso que nos da por llamar “la belleza de lo natural”. Muy por el contrario, las montañas eran lugares espantosos en los que habitaban seres de poder inmenso, de una naturaleza Olímpica o Titánica, terribles y peligrosos.

La gente empezó a ir porque la divinidad huyó de los picos, tal como lo hiciera de los templos de la antigüedad. Pero si bien los templos se arruinaron y fueron desapareciendo del paisaje, quedando como reliquias y curiosidades de tiempos pasados —destino que comienza a aquejar a las iglesias—, las montañas permanecen ahí y, al menos en la corta escala de nuestras vidas, no las veremos derrumbarse

Estos altares vacantes tenían que llenarse con algo… una instancia más del famoso horror vacui. ¿Cuál iba a ser el nuevo contenido de la montaña? Para el decimonónico, la solución era patente: la bandera nacional. Y así, clubs de aficionados se apresuraron a las cimas de los Alpes, for King and Country. Pronto, ya no quedaban muchas cimas practicables por estos gentlemen y entonces nació un alpinismo obsesionado con lo imposible, con las caras norte y con hallar la elusiva direttissima.

Con el incremento del peligro, la montaña empezó a tomar una vez más el matiz de lo sublime, lo poético y lo místco. Cuando las cimas aún no conquistadas comenzaron a demandar verdadera proeza alpina, cuando se dibujaron rutas imposibles que sólo se podían conquistar con enormes sacrificios, fue como si el dios quisiera reinstalarse en su antigua morada…

Lo sagrado retornaba a las montañas. Pero lo sagrado sólo atrae a los peores y a los mejores de nuestra especie. Los primeros buscan conquistar y dominar, mientras que los segundos buscan unirse y reverenciar. De los conquistadores, su estilo de montañismo es pesado, requiere de expediciones enormes, de logística complicada. Suben por las traicioneras paredes de roca hiriendo la superficie, clavando escaleras de metal, fijando cuerdas con pernos que requieren de taladros y compresoras. Sus ascensos son lentos donde lo importante es llegar a la cima… cueste lo que cueste.

De los reverentes, su estilo es ligero y humilde. Suben usando protección tradicional y sencilla que no daña la roca. Más que llegar a la cima, su objeto es ponerse en contacto con lo desconocido y, a través de ello, saber quiénes son: un entendimiento que no pocas veces les cuesta la vida.

Los conquistadores pronto agotaron las cimas, dejaron un rastro de cadáveres en el Éverest y profanaron los templos de las alturas. Hoy, escalar la montaña más alta del mundo es un acto más de vanidad que otra cosa, una medalla más para presumir, un espejismo de logro que se desvanece entre las tinieblas de la peor ignorancia, la ignorancia de uno mismo. Yvon Choinard, montañista y fundador de la marca de ropa Patagonia, dijo sobre expediciones contemporáneas al Éverest que:

[…] llegan estos cirujanos plásticos célebres y CEOs, pagan $80,000 dólares y van con ellos sherpas que les colocan escaleras y 2,500 metros de cuerdas fijas, y luego bajan al campamento y ni siquiera tienen que tender su bolsa de dormir. Alguien ya se las preparó y hasta les dejó un bombón de menta y chocolate. Todo el chiste de planear algo como el Éverest es obtener algún tipo de ganancia espiritual y física, pero si no te sometes al proceso, eres un idiota cuando empiezas y eres un idiota cuando regresas. (la trad. es mía)

¡Tanto trabajo para regresar siendo el mismo! El vacío de este tipo de montañismo pone de relieve la necesidad que acerca al hombre a las montañas, en una época en la que todos los otros templos se derrumban. Es un camino que cursa por —y hacia— lo intangible.

El camino espiritual del montañismo está mejor representado por Walter Bonatti y Reinhold Messner. Estos grandes aventureros se percataron de que la gran conquista, la conquista nominal, carece de sustancia si el montañista no corteja el abismo que se abre entre lo desconocido y lo terrible. Es el abismo que obliga al ser humano a superarse a sí mismo.

Aquí es donde no hay que confundir la dimensión psicológica del montañismo con una suerte de solipsismo o relativismo.

Sí, escalar una montaña es diferente para cada quién. Nadie lo duda. Pero existe la noción errónea de que por consecuencia no hay nada fijo en las montañas, que su significado se disuelve en el narcisismo de quienes las escalan. O, peor aún, que sólo nos está permitido decir que el significado de la montaña es asignado. No, queridos lectores, el significado de la montaña es descubierto… cada vez que un espíritu sincero se adentra en su terrible dominio.

La montaña tiene la capacidad única de sacar lo que hay en nuestro interior. Aquí la epifanía: lo interior no es ajeno entre persona y persona. Es disímil, único, ¡sí!, pero no se dispersa en un plano inaccesible del cual nada se puede decir. ¿Qué es aquello tan precioso que la montaña revela? Nuestras pequeñez, debilidad y humanidad.

Por eso hay que ir a las montañas a buscarse a uno mismo. En parajes más gentiles, entre personas de pecho hundido, el hombre encuentra lo que quiere. El regalo de las cimas es que uno encuentra lo que teme.

7 libros que leí en 2018 que deben ir a tu lista de 2019.

Llega el año nuevo y comenzamos a ver hacia adelante con el entusiasmo de quien se sacude un enorme peso. Nos precipitamos sin mayor preocupación hacia el potencial y las promesas de los albores de 2019 con la lista de propósitos en mano. Y aunque nuestras intenciones transgreden en contra de nuestro carácter: dejar de comer brownies, dejar de fumar, dejar de gritarle a la gente, leer más… nos atrevemos a creer que este año es el bueno.

Sin tratar de romper el optimismo novoanual, resulta muy provechoso, antes de desechar 2018 como un año más y condenarlo a las turbias imprecisiones de la memoria, echar un vistazo objetivo a una fecha equivalente, el 1 de enero, pero del año que se va. ¿Qué propósitos teníamos entonces? ¿Acaso dejar comer brownies, dejar de fumar, dejar de gritarle a la gente y leer más?

Aunque no fumo, estoy convencido de que de haberme propuesto dejar el vicio, mi fracaso habría sido rotundo. Brownie en mano, puedo afirmar que sin embargo, sí logré leer mucho más que en años anteriores. Mi propósito lector para 2018 fue leer un libro por semana, algo bastante ambicioso: ¡52 libros en un año! Si bien no alcancé tan hermosa cifra, sí alcancé los 40 lo cual, a riesgo de relajar demasiado los estándares, lo contaré como un éxito rotundo.

Además de los beneficios propios de la lectura, leer tanto pronto agota los libros habituales y entonces hay que recurrir a textos insospechados, autores que uno no había considerado, y a temas que conducen por derroteros que hasta ese momento habían permanecido ocultos. Así pues, transité por las violentas páginas del Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar y las sutilezas de The Other House de Henry James, pero también por géneros indulgentes y un tanto chocarrosos como el valuetainment cortesía de The Sleep Revolution de Arianna Huffington. Esta oscilación entre lo sublime y lo ridículo, puedo afirmar, me ha hecho una mejor persona, quizás sólo porque me ha hecho más consciente de que si bien no hay nada nuevo bajo el sol, siempre hay mucho de nuevo en lo viejo para la mente inquisitiva.

Sin más retruécanos, les traigo los 7 libros que más me sorprendieron e influenciaron durante 2018. Son libros que se mantienen vigentes y que cualquier lector ávido debe incluir en su lista para 2019, si no los ha leído aún. El orden de este Top-7 se basa en la influencia que tuvieron los siguientes libros en mí, y nada tiene que ver con su mérito literario.


7. Lincoln in the Bardo – George Saunders

Afortunado es el mundo de los libros, único en el que un texto experimental de 2017 sigue siendo vigente ¡incluso dos años después de su publicación! Si se tratara de un tweet o un artículo, ya hubiera quedado en el olvido.

En su revolucionaria novela, George Saunders crea una verdadera polifonía que nos acerca a la intimidad de un personaje que, por su envergadura, debería sernos inaccesible: Abraham Lincoln. Pero más allá del tema histórico, el mérito de la novela es el acceso a lo sobrenatural que nos prodiga. A través de la maestría idiomática, Saunders crea una verdadera procesión de espectros, que brincan de la página y nos rodean de aquel purgatorio, de aquella tiniebla intermedia que es el Bardo.

Es un libro que tiene la capacidad de arrastrar al lector, a través de ecos y murmullos, a regiones ciertamente sobrenaturales y perturbadoras. Tuve la fortuna de leerlo en inglés a inicios de 2018 y lo tildé entonces de intraducible. Dicho esto, aquí pueden comprar una traducción al español, en edición de Seix Barral.

6. The Mountains of My Life – Walter Bonatti

Screenshot_2019-01-01 walter bonatti the mountains of my life - Google Search

Este libro me conmovió profundamente, especialmente la narración de la tragedia en el Mont Blanc. Walter Bonatti no sólo es uno de los mejores alpinistas de la historia, sino que su perspectiva íntima y personal sobre los retos de la vida, las tragedias y las montañas, demuestran una filosofía de responsabilidad personal que no le vendría nada mal al ethos actual.

El libro no carece de mérito literario y tiene pasajes verdaderamente sobrecogedores. Sin embargo, como todo relato de viajes, también se presta a momentos aburridos y tediosos. No obstante, es un libro obligado para los aventureros y todos aquellos que quieran construir sus casas en las laderas del Vesubio.

Pueden comprar la edición clásica de Penguin como libro electrónico aquí.

5. Bad Blood – John Carreyrou

Este libro relata el ascenso y la caída de Elizabeth Holmes, la reina de Silicon Valley y CEO de Theranos, una compañía que pretendía revolucionar el diagnóstico clínico.

El relato apasionante de Carreyrou se desenvuelve con maestría y crea una narración digna de la mejor novela, ni qué decir de un reportaje. Esta historia supera a la ficción justo por parecerse tanto a la ficción. Una legión de mentiras e intrigas se va agolpando contra la enorme personalidad de Elizabeth Holmes, vaticinando una caída tan estrepitosa que uno no quiere ver, pero que uno no puede dejar de hacerlo.

Es un caso fascinante de cómo el optimismo puede resultar catastrófico, y uno de esos libros que hechizan por su brillante composición.

Cómpralo aquí.

4. ¿Qué es el hombre? – Martín Buber

Un pequeño libro, un cursillo de antropología filosófica, que encierra la enorme sabiduría del filósofo austriaco-isrraelí. Es un paseo ameno, a pesar de su profundidad, que nos lleva a través de la historia de la filosofía tratando de responder una de las preguntas más elementales: ¿qué somos?

No es un libro para los tibios de pensamiento, pues en éste, Buber se bate contra Heidegger de forma espeluznante y sus conclusiones, en mi opinión, son de una humanidad admirable, que haríamos bien en popularizar y recoger como las perlas de la cultura occidental de nuestro tiempo.

Anímate y aventúrate a leerlo. Cómpralo por sólo $52MXN en Gandhi (precio al momento de escribir esto).

3. Modern Man in Search of a Soul – C. G. Jung

Screenshot_2019-01-01 carl gustav jung modern man in search of a soul - Google Search

Este libro, nada fácil de leer pero que paga con creces cada momento invertido en él, fue uno de los que más me influenciaron durante 2018. En él, Jung intenta vislumbrar un camino para el hombre que ya no cree pero no puede dejar de creer. Esencialmente, es una perspectiva diferente y propositiva a los problemas enunciados por Nietzsche.

Adicionalmente, es una lectura obligada para quienes deseen comprender el fenómeno Jordan Peterson y que ilustra de manera coherente y predice casi proféticamente el Zeitgeist de nuestros días.

Bara bara en Gandhi.

2. La edad de la punzada – Xavier Velasco

Screenshot_2019-01-01 xavier velasco la edad de la punzada - Google Search

Por algo dicen que no hay que juzgar un libro por su portada. La cursi imagen que cubre este vital y brillante libro de Velasco podría disuadir a los más aventureros lectores, pues no revela en lo más mínimo la vibrantes y cagadísimas palabras que se esconden en su interior. Pero desde la primera página uno se da cuenta de qué tipo de novela se trata:

Una que recoge y plasma un lado de la cultura mexicana que es más auténtica que los libros “serios” que sobrecargan la producción nacional. Las idioteces que narra el autor y protagonista, son similares a las de mi juventud. Pero lo más importante es que el autor maneja con maestría poética un lenguaje compartido, el que hablamos con los amigos, el que puebla nuestras conversaciones íntimas, aquél que por su colorido sólo fue acartonado, caricaturizado, o excluido de la gran literatura.

Siéntete joven otra vez y cómpra La edad de la punzada aquí.

1. I Am Dynamite! – Sue Prideaux

Screenshot_2019-01-01 i am dynamite - Google Search

Si me hubieran preguntado a inicios de 2018 cuál iba a ser mi libro favorito del año, les hubiera dicho: No sé pero les juro que no va a ser una biografía.

Sin embargo, Sue Prideaux recoge la vida de Nietzsche con lucidez y compasión, liberando al filósofo de las etiquetas que el siglo 20 le fue adjudicando. Asimismo, con refrescante soltura, la autora crea una excelente introducción para aquellos que deseen adentrarse en el peligroso e intrincado pensamiento de Nietzsche.

Este libro no sólo me aclaró muchas preconcepciones erróneas, sino que marcó por completo también mi primera y más grande decisión de 2019: qué leer. Pues gracias a este ameno librito, decidí releer la obra de Nietzsche, mi propósito estelar del año que comienza.

Compra su edición electrónica aquí.


Por favor dime qué libros te influenciaron más durante 2018 y cuáles de los míos ya has leído o piensas leer. Asimismo, si quieres una reseña más detallada de alguno de estos títulos, se aceptan peticiones.

Cómo tener mejores redes sociales

Antes de leer el blog, les recomiendo que escuchen el podcast sobre Comunidades voluntarias.

Las redes sociales presentan un problema interesante. Por un lado, son poderosas herramientas que nos permiten interactuar fácilmente con la gente que es relevante en nuestras vidas, sin importar dónde se encuentren. De forma un tanto más siniestra, son una simulación de nuestras necesidades sociales y, como tales, se prestan al abuso y la falsedad. Sitios como Facebook son “trampas psicológicas”, “cajas de Skinner” que nos mantienen pegados a la pantalla, sin que sepamos precisamente el porqué.

Continue reading →

Los Medios Alternativos son activos

Antes que nada, debo dirigirlos al último episodio del Piscolabis, una bellísima defensa del cómic, que uno de los mejores bloggers en español ha descrito como:

Excelente abordaje a uno de los géneros más denostados, que nos borra por supuesto cualquier prejuicio respecto al cómic, con las gotas de humor características del Piscolabis. Un bastión contra la mediocridad, pleno de lucidez literaria. – Sergio Munari

¿Por qué tenemos a la lectura en tanta estima? La vemos como si fuera una panacea, capaz de resolver todos los problemas de la sociedad. ¡Si tan sólo la gente leyera! Como si a través del sencillo acto de leer uno automáticamente estuviera haciéndose más sabio, más compasivo… una mejor persona.

Continue reading →