Minimalismo

Una discusión doméstica común, a la que me tengo que enfrentar al menos una vez por mes, es que se me acuse de tacaño. Ofendido por semejante insulto, y sinceramente prefiriendo que me dijeran “pendejo” o “mequetrefe”, recurro a una defensa económica y, vamos a ser honestos, un tanto tacaña, al afirmar que más que tacaño soy minimalista, y fallando eso, pragmático.

Pero es un gran error creer que el minimalismo y la practicidad son conceptos relacionados o afines. Por un lado, el minimalismo tiene un gran énfasis estético, y resulta una de las filosofías más imprácticas si se persigue con pasión barroca. La practicidad, por otra parte, es la ideología de la necesidad y lo expedito.

De hecho, ser minimalista requiere de una sociedad plenamente funcional, abundante en servicios y facilidades de todo tipo. Se puede ser minimalista con holgura cuando la cartera está llena y no viene mal tener una o dos tarjetas de crédito. En lugares ricos el minimalista se halla a sus anchas; no así en lugares plagados por la privación. Allí, el minimalismo es aterrador y a duras penas se puede distinguir de la escasez y la miseria.

El sublimar la sencillez es el mayor lujo de una época de abundancia.

Pues no hay individuo más libre que el que se ha desembarazado prácticamente de todo, el que puede ir según le dé la gana con sólo una mochila al hombro o menos todavía. El hombre verdaderamente libre no siente la necesidad de ostentación —una sobrecompensación de la escasez—. La verdadera suficiencia se manifiesta como naturalidad y soltura.

¿Para qué quiere el minimalista una lavadora cuando en la esquina hay una tintorería? ¿Para qué quiere una cocina atiborrada de cazuelas cuando en su ciudad hay tantos sitios para comer fuera, que podría comer algo diferente todos los días? ¿Para qué necesita carros, aviones, lujosas mansiones? ¿Para qué un mayordomo y una mucama cuando la sociedad entera está presta a servirlo, por unos inservibles papelitos moneda? Lo que el minimalista posee lo tiene por placer. ¿Qué hay más lujoso que esto?

Tan afortunado es Occidente, que si no cultivamos un cierto grado de minimalismo, es muy probable que la riqueza nos lleve a la acumulación de lo innecesario. Aquí debo enfatizar el término cultivar, pues sólo a través de decisiones conscientes, que pongan a la estética en el centro de nuestras vidas, podemos evitar el convertirnos en esclavos de las cosas.

El minimalismo es el mejor remedio contra muchos de nuestros peores vicios: acumulación desmedida, banalidad, superficialidad, dedicarle valiosos recursos de tiempo y atención a lo superfluo.

Practicar el minimalismo implica también un ejercicio de reflexión e instrospección. ¿Para qué tengo lo que tengo? ¿Qué tanto de lo que tengo es muleta para mis propias deficiencias e inseguridades? ¿Qué tanto me aferro al pasado que ya no va a volver?

Yo por mi parte, pretendo transitar ligero por este mundo, y darle a cada cosa valiosa su lugar.

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