El Deep Work y por qué debes dejar de no hacerlo

¿Traes prisa? Sáltate a los consejos y lifehacks aquí

Al final, lo único que importa son los resultados.

A pesar de que la afirmación anterior puede parecer ridículamente obvia, es de esas obviedades que se nos ha dado por dejar de lado, como una idea anticuada y un tanto… no matizada. Espíritus afectados se acercan a los resultados como a una cuestión vulgar, y que semejante pragmatismo les enlodace el dobladillo del pantalón.

¡Oh no! Para la mente iluminada de nuestros días —y por tanto, una mente infalible— el horrible hombre de resultados es más bien un opresor y un tirano. A las buenas mentes, ¿qué les importa la realidad cuando es más bien el esfuerzo lo que cuenta? ¿No es más noble trajinar cuales Sísifos, atados eternamente a tareas inútiles, hechas a medias, y destinadas al olvido, pero eso sí, de buena gana y con mucha obsequiosidad? ¿No es más meritorio el wey chambeador, la mujer luchona, o el ser humano digno de respeto que el héroe trágico o el gran hombre? Y por el contrario, ¿no resulta odiosa la persona que se sienta a pensar, que actúa lentamente pero con determinación, o la que pasa por periodos de intensa melancolía y etapas de profunda transformación personal, que transita trágicamente entre la brillantez y el error con soltura?

Día tras día, el sol sale para todos y cuando se pone en el oeste, habrá unos cuantos que habrán hecho algo valioso y otros muchos —demasiados— que no habrán hecho nada de valor, que hubiera sido mejor si ese día no hubieran salido de la cama, y hubieran dejado a los demás hacer sin estorbar.

Curiosamente, si observamos a quienes muestran una cara más enérgica, que andan movidísimos, sacando “temas” a diestra y siniestra, convocando juntas solemnísimas, contestando mensajes de texto mientras manejan, no dejando un solo Whats sin respuesta sin importar la hora, haciendo llamadas a la vez que envían correos y publican en sus redes, dando vueltas sin parar de un lado para otro; en fin, unos especímenes ejemplares, bien trabajadores, y que nomás de verlos uno dice: “¡Cómo lo admiro pero marea de tantas vueltas que da!” Pues bien, estos grandes trajinadores, como regla general, suelen ser los más inútiles, los peores estorbos e impedimentos… Y haríamos bien, al identificar a una persona así, cuidarnos de que no con su afán termine por arrastrarnos a su vorágine de mediocridad e intrascendencia.

Por el otro lado, quien opera bajo la superficie, quien le da a cada cosa su tiempo, quien se ocupa concienzudamente de lo relevante, quien quedamente y sin hacer mucho show se pone a sopesar las opciones antes de tomar una decisión, o el que consulta un problema con la almohada (crimen inaceptable para nuestra actual ética de trabajo), es realmente el que, como regla general, crea verdadero valor, y trae significado al mundo: el pilar sobre el que descansa toda gran cultura. En pocas palabras, el mundo funciona gracias al trabajo profundo de quienes todavía saben, o pueden hacerlo.

El trabajo profundo es la aplicación de todo los recursos del ser a una actividad. Estos recursos comprenden la atención, las herramientas, el tiempo, y los talentos.

El trabajo superficial se mide en la cantidad de cosas que se hacen, el trabajo profundo se mide en función del valor de éstas.

En un sistema complejo (del que forman parte la mayoría de los trabajos de nuestros días), el valor de las cosas rara vez es obvio. El efecto que tiene el trabajo sobre el total de los resultados rara vez se refleja de manera evidente en un producto terminado. No así en profesiones tradicionales donde la imagen, la canción, la artesanía o la escultura se materializan del otro lado de las horas invertidas. Tal vez por ello romantizamos a los artistas y a los artesanos quienes hacen trabajo manual.

Incapaces de ver el fruto de nuestro trabajo en una obra concreta, nos vemos obligados a asirnos a lo inmediato: a la acción en sí, a la ocupación, el to-do. Por ello es tan fácil, en nuestros días, caer en la superficialidad: estar ocupados nada más, ése es el objetivo.

Pensamos que el tiempo es intercambiable, pero no todas las horas fueron creadas iguales. El tiempo, aquella interminable fuente de paradojas, nos prodiga una más: no se puede ver desde dentro y para estar en el tiempo, se necesita la anulación del tiempo… en el mismo tiempo… Cuando nos aplicamos a una cosa con profundidad y ahínco, el tiempo parece desaparecer pero es porque estamos “dentro” de él. Cuando sentimos al tiempo “pasar”, es porque estamos fuera de él, lo estamos perdiendo, se nos va.

Desde el punto de vista de la teoría del Flujo, esto se describe como una “suspensión de la percepción del tiempo”. Cuando estás en los brazos de la persona amada, el tiempo se esfuma. Pero cuando estás viendo el reloj, esperando a que llegue el final del día, el tiempo se hace particularmente acuciante: como una presencia externa, que nos asfixia.

En estados autotélicos (que se satisfacen a sí mismos), como el flujo, la aplicación del ser es absoluta, las herramientas se convierten en extensiones de nuestro ser. El sentimiento de unión con la máquina, o con la naturaleza, o con la obra, es común. Es cuando las voces de las musas se alzan, y el numen o el dios se asoman. Lejos de toda esta licencia poética, en estos trances es cuando llegan los mayores resultados. El violinista siente que el violín se hace parte de su cuerpo y la música brota sin dificultad. El escultor siente que el mármol respira con él y comienza a percibir al David bajo la fría roca.

Como todo genio emerge del trabajo profundo, su relevancia de es innegable. El problema se vuelve entonces en cómo acceder a éste.

Trabajar con profundidad requiere de estos ingredientes:

  • Tiempo de calidad
  • Atención
  • Un objetivo específico
  • Ocio

¿Qué es el tiempo de calidad? Si tomamos dos horas de un día y las desperdigamos por aquí y por allá, nos quedamos con fragmentos de 15 o 20 minutos en los que, apenas nos encarreramos, ya salió otro quehacer, o ya sonó el teléfono, o ya vino alguien a quitarnos el tiempo. La idea de que el tiempo es fungible es la peor mentira que ha dicho aquel genio de lo cotidiano, Casey Neistat.

Pues la profundidad es algo a lo que no se puede acceder nada más de un jalón. Por definición, hay que transitar por algún vericueto antes de llegar al corazón —a lo profundo— del bosque. Desgraciadamente, uno no puede permanecer ahí, esa es una condición reservada para los genios y los locos. Para el resto de nosotros, las salidas son inmediatas, y basta con la menor distracción para privarnos de los sitios más interesantes de la conciencia.

Con el tiempo, o mejor dicho, a través del ritual, uno puede aprender a transitar con mayor soltura por las veredas de lo profundo y así llegar más rápido al corazón de las cosas. Esta maestría se adquiere tras muchos años de práctica, y entretanto no queda más que dedicar tiempo de calidad a lo importante. Hablo de periodos largos e intensos, sin interrupción, de unas tres a cinco horas.

La atención cumple una función crucial. Estar en las profundidades es penetrar en el terreno de lo sagrado, es un sitio en el cual se nos tolera pero en el que no somos bienvenidos. Incluso nuestra mente no aguanta bien estar ahí. Pero sin la capacidad de atender con intensidad, el trabajo profundo es imposible pues es nuestra propia mente la fuente de todas las distracciones, es ella quien nos fragmenta el tiempo y nos condena a la mediocridad.

Por este motivo, una de las mayores herramientas para quien busca profundidad es la meditación. Conforme vamos practicando esta disciplina y ejercitando los músculos mentales, nos volvemos más resistentes a las interrupciones, no sólo internas sino también a las externas.

Ahora, sin un objeto específico, la atención no sólo es imposible, sino que la divagación nos conducirá por terrenos impreciso. No hay nada peor que aplicarse a algo que es superficial, con la creencia de que es profundo. Es tan absurdo como el senderista que se muere de hambre, perdido en el bosque, tras haber dado vueltas una y otra vez sobre sus pasos, estando a sólo unos cuantos metros de la cabaña del guardabosques. Las mentiras matan, al igual que las mejores verdades.

Finalmente, el trabajo profundo no puede llevarse a cabo sin tiempo de relajación, de descanso y de ocio. De hecho, el estar todo el día ocupados es contraproducente para la profundidad. La jornada de trabajo de 12 horas, si algo ha causado, es más bien un incremento en la estupidez y la banalidad, en la multiplicación de los procesos, en la tiranía de las burocracias.

Maestros en el Deep Work lo cortejan unas cuantas horas cada día y después permiten que las cuerdas de su mente se relajen y vibren a su gusto, lentamente forjando su genio en los hornos oscuros de la conciencia. Ahí se gesta la creación que saldrá a la luz en la siguiente sesión de trabajo profundo. Por el contrario, quien se mantiene todo el día ocupado, todo el día “bajo el sol”, no logra más que chamuscarse y termina por poner su fe en la inmediatez de aquel espantoso vicio de nuestros días: el sisifeísmo.

El trabajo profundo, como muchas otras virtudes que confundimos con talentos, es una habilidad que se debe practicar y cultivar. No es una característica innata que, si la tienes chido y si no, pues ya ni pex. Esto es alentador pues mientras más practiques el trabajo profundo mayores serán los resultados que obtendrás, como el interés compuesto. Si no lo practicas, cada día te será más difícil hacerlo, y el efecto total del trabajo profundo en tu vida será escaso: tu vida será mediocre. Pero si te aplicas al Deep Work, día tras día, no te quedará más remedio que aspirar a algo grande.


Aquí les dejo consejos y lifehacks para traer el trabajo profundo a sus vidas.

Un artesano profundamente sumido en su trabajo. La artes manuales invitan al trabajo profundo.

1. Apaga el celular

No cabe duda que el mayor distractor de nuestros días es el teléfono móvil. El denostado smartphone, ese estropeador de todo lo valioso, que arruina nuestras vidas a través de la máscara de la conectividad, la productividad y la eficiencia. A través de notificaciones, llamadas y funestas manipulaciones dopaminérgicas, el celular ha logrado situarse como la prioridad en nuestras vidas, como dueño de nuestro tiempo. ¿No me crees? Observa la próxima vez que te halles en conversación. Si suena el celular de tu interlocutor, puedo apostarte que cortará la charla para contestar. Usualmente, tan intrusiva emergencia no es más que una rotunda estupidez.

El celular ha hecho que hasta lo más trivial se eleve a nivel de prioridad.

Claro que hay muchas maneras de mediar esta situación. Hay apps que bloquean otras apps, así uno puede evitar la tentación de despilfarrar una hora o dos en YouTube, Instagram o 9gag. Yo uso Block apps, la que no sólo me permite bloquear aplicaciones intrusivas, sino que me deja programar periodos en los cuales ciertas apps no están permitidas. Esta periodización es crucial para el Deep Work.

Además de un bloqueador de apps, es necesario usar la función de “No molestar”. Esta función se encuentra tanto en Android como en iOS. Es muy útil para quienes sí tienen que responder a emergencias de vez en cuando, pues se puede configurar para que sí pasen llamadas repetidas. Si alguien llama varias veces —como suele ocurrir en emergencias de verdad— la llamada sí entrará.

Sin embargo, las dos estrategias anteriores son medidas parciales y siempre estará la tentación de levantar el teléfono a ver si no nos escribió alguien. Esto ya es un reflejo para la mayoría. Lo mejor es apagarlo y ponerlo en un lugar que no esté tan a la mano; como mínimo, en la habitación contigua.

2. Agenda tu Deep Work

Todos los días tienes que dejar horas de alto valor para trabajo profundo. Esto significa que no puedes comprometerte a nada más durante esas horas. Especialmente en países latinos, tendemos a tener una noción algo multidimensional del tiempo, y no es raro que agendemos varias cosas a la vez, o que subestimemos el tiempo que nos tomarán.

La clave para comenzar a hacer trabajo profundo es que el tiempo destinado a éste no se vea “violado” por otras ocupaciones o compromisos. Es un tiempo sagrado el cual tus colegas, amigos y familiares, deben saber que no se puede transgredir. Esto puede parecer anti-natural a nuestra cultura, tan basada en la cortesía. No obstante, si somos buena onda y acostumbramos a la gente a que estamos disponibles a cualquier hora para cualquier idiotez (y el celular hace que esto sea muy factible), no debe sorprendernos que nuestro tiempo esté a la disposición —negligente— de los demás.

Si temes ser descortés o consideras que tener tiempo protegido es imposible en tu lugar de trabajo, te sorprenderá lo rápido que la gente se acostumbra a los hábitos de los demás, especialmente si éstos no les implican un sacrificio. Si alguien sabe que usualmente no estás disponible de tal a tal hora, la probabilidad de que te molesten será mucho menor.

3. Lleva un diario

Una cosa es agendar y proteger el tiempo para el trabajo significativo, pero otra es mantener el curso de tus acciones a lo largo del tiempo.

Nuestra mente tiende a la entropía. Puedes tener un horario perfecto semana tras semana, pero si no llenas ese tiempo con trabajo valioso, de nada sirve el esfuerzo y más te valdría volverte una de esas personas siempre ocupadas y amantes del ajetreo.

Un diario te otorga un registro de tus objetivos, te da un mapa de cómo vas progresando y además te permite percatarte a tiempo cuando vayas perdiendo el rumbo. No hay nada más revelador que tener un acceso a nuestro yo pasado.

Y no me refiero al Querido diario… que termina por convertirse en un ejercicio de narcisismo y complacencia. El propósito de un diario bien llevado es organizar la mente y orientarla a objetivos concretos.

El método que más me ha funcionado es el famoso Bullet Journal (BuJo)de Ryder Carroll.

Aprende a llevar un BuJo aquí

4. Medita, aunque sea un poco

El tema de la meditación está un tanto polarizado hoy en día. Hay quien lo considera un absurdo new age, y por otro lado está quien lo considera la panacea de nuestro tiempo.

Sea como sea, la meditación, especialmente cuando se hace sin pretensiones de misticismo, es un gran ejercicio para el músculo de la atención. La manera más fácil de practicarla es buscando un lugar callado y tranquilo, sentarnos cómodamente, y tratar de concentrarnos en nuestra respiración.

Pronto verás que es más difícil de lo que parece y que cientos de pensamientos paralelos inundan el flujo de tu conciencia, casi siempre con algo negativo.

La meditación tiene una gran virtud: nos hace darnos cuenta de que la mayor parte del tiempo reaccionamos sin pensar. Todo el que medita vive una vida con mayor intención: uno de los requisitos para el trabajo profundo.

5. Organiza tu día según tu cronotipo

El cronotipo determina cuándo nos da más sueño, cuándo estamos más activos, cuándo nos da hambre, cuándo somos más creativos, cuándo tenemos mayor energía para ciertas tareas.

Tradicionalmente pensamos en los madrugadores y la gente nocturna como los dos grandes cronotipos, pero las cosas son un poco más sutiles. El trabajo del Dr. Breus ha revolucionado cómo pensamos en los cronotipos. Este investigador se percató que los ciclos circadianos son distintos de persona a persona pero que existen 4 “personalidades circadianas” que se ajustan bien a la mayoría.

Los osos

Es la mayoría de la gente. Su ciclos de sueño están determinados por la salida y la puesta del sol. Los osos no tienen problemas para dormir, son personas tranquilas y bonachonas. Los osos son más enérgicos a eso de las 10 AM y tienen energía constante a lo largo del día pero empiezan a flaquear a eso de las 4 PM.

Los delfines

Son personas que suelen ser un tanto neuróticas, susceptibles al insomnio y que se despiertan cansadas incluso después de una noche de sueño. Es muy común que los delfines no tengan un horario fijo. A pesar del caos, son individuos muy inteligentes y perfeccionistas. Es el cronotipo más raro.

Los leones

Son los típicos madrugadores, personas que se despiertan sin necesidad de un despertador y que mientras los demás estamos soñando plácidamente, ellos ya corrieron tres maratones, mandaron 1,000 correos y, por si fuera poco, se mantienen optimistas y lozanos. Muchos líderes son de este cronotipo, y suelen ser personalidades enérgicas y dominantes. Y como dice el dicho, el león cree que todos son de su condición, es el típico mamón que quiere que todos estemos despiertos a las 5 AM. Los leones son quienes, de natural, suelen hacer trabajo profundo. Esto es porque a las horas innobles a las que se despiertan, no hay quien los moleste.

Los lobos

Somos los nocturnos por excelencia. Aquellos a los que, si nos dejan, nos vamos levantando al mediodía —muestra del gusto más exquisito— y que, si por algún motivo nos tenemos que levantar temprano, estamos de un humor atroz el resto del día. Somos aquellos güevones clásicos que también tenemos una tendencia hacia el trabajo profundo, pues cuando nosotros seguimos despiertos, ya no hay quien nos moleste. En un mundo de osos que fue diseñado por leones, debemos tener cuidado de no estropear nuestro día-de-mañana yendo a dormir demasiado tarde (algo que nos encanta). Los lobos tendemos al trabajo independiente y en nuestras manadas abundan artistas, creadores y escritores.

Entérate de tu cronotipo con este quiz

6. Descansa de veras

Si algo me gustaría que se sacara en claro de este blog es que el estar siempre ocupado no es una virtud, sino el peor de los vicios. La capacidad de estar todo el tiempo conectados, puede hacer que perdamos los preciosos momentos de descanso sin siquiera darnos cuenta.

Durante un día de la semana, no agendes absolutamente nada, deja que el antojo y la casualidad dicten las actividades del día. Sal a la montaña, sal a caminar por la ciudad, lee un libro fácil, entrégate con pasión a un hobby, o duerme hasta hartarte. Si te aburres, ¡bien! El trabajo profundo necesita de tiempo vacío, es donde se hacen las conexiones conceptuales más inesperadas, es el momento del Eureka!, el momento para ir a echar una siesta bajo un manzano.

El celular arruina estos momentos. Apágalo si puedes, o compra un celular de barra para llamadas de emergencia.

7. Una sola cosa a la vez

Todos los consejos anteriores te permitirán acercarte al Deep Work, pero poco dicen sobre lo que ocurrirá en esos valiosos momentos de profundidad. Si bien los enemigos externos del trabajo profundo son la distracción, nuestro estado fisiológico y nuestra falta de atención, su enemigo interno número uno es el maldito multi-tasking.

Quien intenta hacer varias cosas a la vez las terminará haciendo todas a medias. Las peores omisiones ocurren en estos momentos y además el flujo es imposible.

Una sola cosa a la vez. Una sola… Todo lo valioso merece semejante dedicación. Pero aspirar a lo valioso significa tener que sacrificar muchas otras cosas. El trabajo profundo es un movimiento que abarca dos extremos: la afirmación apasionada, el decirle ¡Sí! a una sola cosa; y la negación de hierro, el decirle ¡No! a todo lo trivial, a lo intrusivo, a lo superficial.

Ahí se comienza a asomar la profundidad, cuando admitimos nuestras limitaciones temporales pero, de cara al abismo, tornamos nuestro defecto en un ventaja, la voluntad de grandeza.

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