3 cuentos de terror

Breve ensayo sobre el terror

Escuchen el episodio antes de leer los cuentos.

Este blog contiene:

  • ¿Por qué nos gusta asustarnos?
  • La casa embrujada
  • La niña sobre la tumba
  • El Wéndigo

¿Por qué nos gusta asustarnos?

Desde pequeño me ha encantado el género del terror. Digo “encantado” en el sentido literal de un encanto o un embrujo que se posa sobre mi imaginación y no me deja en paz por semanas. Imágenes terroríficas comenzaban a hostigarme apenas se apagaba la luz, y hasta la fecha, en ocasiones siento que algún espectro de la infancia sale de las oscuridades para venir a saludarme.

Las historias y los personajes terroríficos, a pesar de la repulsión que me causaban, suscitaban en mí las emociones más fuertes, los sentimientos más viscerales. Pensamientos que en su abstracción, de pronto se tornaban tan concretos que sentía temblar mis piernas pues vívidamente sentía el aliento de algún monstruo frente a mi rostro.

Así comenzó mi fascinación por las cosas tenebrosas y oscuras, por aquellos cuentos e historias que tienen la mágica capacidad de suscitar emociones que escapan a toda razón.

Opino que muchos tenemos un acercamiento similar al género del terror. Asustarnos es placentero porque en cierta medida nos hace recuperar la inocencia de la infancia. Aunque esto es sólo el principio, pues el cuento de terror cumple muchas funciones dentro de la cultura.

Por ejemplo, está el terror admonitorio. Se trata del cuento que establece límites que no deben ser cruzados. Si hablamos del monstruo que vive en el bosque, del peligro de adentrarse solitarios en los lugares salvajes, es claro que estas historias son beneficiosas para la supervivencia. Advierten sobre peligros reales, de los que uno puede ser presa, si se rompen ciertos límites culturales. Así pues, el cuento de terror es un buen lugar para toparse de frente con la moral de una sociedad. Recordamos, entre el ridículo y la nostalgia, todas aquellas películas de gore como Viernes 13, o Pesadilla en la calle del infierno, donde los adolescentes eran castigados a mano de horrorosas apariciones, sólo por dar rienda suelta a sus instintos.

El terror como género es una creación moderna. Esto no quiere decir que la gente no se contara historias de miedo desde tiempos inmemoriales. Pero estas historias atávicas estaban cabalmente entretejidas en la mitología, y hoy las vemos con veneración más que con horror. ¿No es terrible el destino de los hombres de Odiseo, cuando son devorados por Polifemo? ¿No es espantosa la violación de las mujeres por dioses concupiscentes que engendran deformidades y causan la muerte de millones? Sin embargo, el mito vive integrado en el ethos, establece una continuidad entre el mundo físico y el mundo espiritual. El cuento de terror surge cuando dicha continuidad se borra.

Así pues, la fascinación con el terror y la oscuridad, irónicamente, surge en épocas de excesiva racionalidad, cuando el mundo parece explicado en su totalidad. Es entonces que los límites de la realidad se prueban en su límite, y lo que surge del otro lado es altamente simbólico, caótico e irracional. Es particularmente común el escéptico que hace caso omiso de las advertencias y se sume en el mundo intangible. Casi siempre es castigado por su arrogancia.

A veces, el castigo viene de su propia mano, como en El Horla de Maupassant. A veces, el castigo viene de entidades que escapan a la comprensión y nos recuerdan que no somos amos del universo, como en Los sauces de Blackwood. A veces, el castigo es una constante amplificación de profundos temores, de los cuales el protagonista estaba en negación. Así funciona el terror japonés, que exacerba siempre los sentimientos de aislamiento y alienación.

El terror, es de esos géneros que parecen no tener un punto medio. O se va a lo excesivo y vulgar, o hace gala de una gran sutileza. En un extremo tenemos al gore que pretende asustar a través de ruidos e imágenes repentinos, es el jump scare de las películas de Hollywood. Son terrores que muestran gráficamente el sufrimiento y el grotesco. Su efecto es visceral pero rara vez ascienden en la imaginación simbólica.

Por otro lado, tenemos cuentos de terror psicológico, que rayan en la literatura religiosa. Por ejemplo, Lovecraft, Bioy Casares, y películas como El AroEl exorcista o The VVitch. Son historias que, entre el suspenso y el horror, comparten algo: lo cotidiano se sale de control y sirve de entrada a un mundo donde las reglas no aplican.

El terror también sirve para confrontar los miedos. Esto es particularmente notorio en historias que satirizan la muerte, o llevan el grotesco al límite. Incluso películas sumamente violentas como Saw, al menos en sus primeras versiones, pretenden darnos el valor para confrontar a la muerte. Que después caigan en una fanfarria de sadismo y ridículo, es el destino de todo terror o suspense sin inspiración.

Lo que sí resulta muy claro, es que el terror es un género que nos deleita y nos llena de pasmo. A veces suscita en nosotros emociones fuertes y nos saca de un cotidiano aburrido. A veces nos permite confrontar temores que ni siquiera sabíamos que estaban ahí. A veces, nos pone en contacto con mundos perdidos y facetas de nuestra cultura que creíamos perdidas. Es un vehículo para la memoria colectiva y los símbolos que se arraigan en nuestro subconsciente desde la edad más temprana.

El terror comercial puede parecer chocante en ocasiones. Se torna en una construcción pre-formulada en la cual sólo se hallan tropos predecibles y que asustan sólo a través de lo repentino y de la violencia con que son presentados. Sin embargo, basta con juntar a unos cuantos niños en una noche de brujas, y bien pronto empezarán a aflorar historias auténticas que nos dejan ver una parte muy antigua y auténtica de nuestra humanidad.

La casa embrujada

Una vez, un pastor quiso ver si podía apaciguar a un fantasma que se había arraigado en una de las casas de su asentamiento. La casa había estado embrujada ya por diez años. Muchos habían intentado pasar ahí la noche, pero siempre terminaban por asustarse y huir.

Entonces, este pastor agarró su biblia y se fue a la casa. Entró en ésta, encendió un buen fuego y le dio lumbre a una lámpara. Hecho esto, se sentó a leer su biblia. Luego, justo antes de la medianoche escuchó algo agitarse en el sótano, caminando de aquí para allá, de aquí para allá. Entonces, se oyó como si alguien tratara de gritar pero el grito se ahogara. Después, se oía mucha agitación como si alguien forcejeara, y finalmente todo se callaba.

El viejo pastor sacó su biblia una vez más, pero antes de que pudiera sumirse en la lectura, escuchó pasos subiendo desde el sótano. Se quedó sentado, con la mirada fija en la puerta del sótano, y los pasos continuaban acercándose y acercándose. Vio la cerradura girar, y cuando la puerta comenzó a abrirse, dio un salto y exclamó: “¿Qué es lo que quieres?”

La puerta se cerró como si nada y no se escuchaba ni un sonido. El pastor estaba un poco tembloroso, pero decidido, abrió su biblia y se puso a leer. Luego se levantó y puso el libro sobre la silla porque tenía que atender el fuego.

El fantasma empezó a caminar otra vez y — poc poc poc poc — desde el sótano. El viejo pastor se sentó con la mirada fija en la puerta, vio la cerradura girar y la puerta abrirse. Parecía ser una mujer joven. Él se irguió y dijo: “¿Quién eres? ¿Qué es lo que quieres?”

El fantasma titubeó como si no supiera qué hacer, y después simplemente desapareció. El viejo pastor esperó y esperó; y cuando finalmente ya no escuchó más ruidos, corrió a cerrar la puerta. Estaba sudando y temblándole todo el cuerpo, pero era un hombre valiente y pensó que sí lograría pasar la noche en la casa. Así que volteó su silla para poder ver bien la puerta del sótano y esperó.

No había pasado mucho cuando el fantasma empezó otra vez, lentamente — poc poc poc poc poc poc — más cerca, y más cerca — poc poc —, hasta que estaba justo tras la puerta.

El pastor se levantó y sostuvo la biblia frente a él. Después la cerradura comenzó a girar, y la puerta se abrió de par en par. Esta vez el pastor habló en voz baja. Dijo: “En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, ¿quién eres y qué es lo que quieres?

El fantasma se abalanzó sobre él desde el otro lado de la estancia, y lo agarró por el abrigo. Era una mujer joven, de unos veinte años. Su cabello estaba arrancado y enredado, y la carne le colgaba de la cara de forma que se podían ver sus huesos y parte de sus dientes. No tenía ojos, pero algún tipo de luz azul brillaba desde el fondo de las vacías cuencas. No tenía nariz en su rostro.

Entonces empezó a hablar. Sonaba como si su voz fuera y viniera con el rugir del viento. Dijo cómo su amante la había matado para quedarse con su dinero, y la había enterrado en el sótano. Dijo que si el pastor exhumaba sus restos y les daba un entierro digno, lograría descansar.

Luego le dijo que tomara un hueso del meñique de su mano izquierda, y durante la siguiente reunión de la iglesia, lo pusiera en la charola de las caridades; así encontraría al asesino.

Finalmente dijo: “Y si después regresas aquí una vez más, escucharás mi voz a la medianoche, y te diré donde escondí mi dinero, para que se lo dones a la iglesia.”

El fantasma sollozó como de cansancio, se hundió en el suelo y desapareció. El pastor encontró sus huesos y los enterró en el cementerio.

El siguiente domingo, el pastor puso el dedo en la charola, y cuando algún hombre lo tocó, se le quedó pegado a la mano. El hombre dio un salto, trató y trató de quitárselo pero estaba bien pegado. Luego se puso a gritar, como si enloqueciera. Pues bien, confesó ser el asesino, y se lo llevaron a la cárcel.

Después de que colgaran al hombre, el pastor regresó a la casa alguna medianoche, y el fantasma le dijo que cavara al pie de la chimenea. Lo hizo y encontró una gran bolsa de dinero. Y donde el fantasma le agarró el abrigo, las huellas de esos dedos huesudos quedaron quemadas sobre la tela. La mancha nunca salió.

La niña sobre la tumba

Algunos niños y niñas fueron a una fiesta una noche. Había un cementerio al final de la calle, y estaban contándose cuentos sobre lo espantoso que era.

“Nunca te pares sobre una tumba de noche”, dijo uno de los niños. “La persona que está enterrada te va a atrapar. Te va a llevar abajo con ella.”

“Eso no es cierto”, dijo una de las niñas. “Es una superstición”.

“Te apuesto un dólar a que no te paras sobre una tumba”, dijo el niño.

“No me asusta una simple tumba”, dijo la niña. “Ahorita mismo lo hago”.

El niño le dio su navaja. “Clava mi navaja en una de las tumbas”, le dijo. “Así sabremos que estuviste ahí”.

El cementerio estaba lleno de sombras y estaba tan silencioso como la muerte. “No hay a qué tenerle miedo”, se dijo la niña a sí misma, pero la verdad es que sí estaba asustada.

Escogió una tumba y se paró sobre ésta. Luego, rápidamente, se agachó y hundió la navaja en la tierra y se dio la vuelta para huir… Pero no se podía alejar. Algo la estaba deteniendo. Trató una vez más, pero no se podía mover. El terror la inundó.

“¡Algo me agarró, algo me agarró!” gritó, y cayó sobre la tierra.

Al ver que no regresaba, los otros fueron a buscarla. Encontraron su cuerpo tirado sobre la tumba. Sin darse cuenta, había clavado el cuchillo en su falda, quedando atrapada por culpa propia. Era lo único que la detenía. Se murió del susto.

El Wéndigo

Un hombre rico quería ir a cazar a una región del norte de Canadá en la que muy pocos habían cazado antes. Viajó a un puesto mercantil donde trató de encontrar a un guía que lo llevara. Pero nadie quería. Es demasiado peligroso, le decían.

Finalmente, encontró a un indio que necesita mucho el dinero, el cual accedió a ser su guía. El nombre del indio era DéFago.

Levantaron un campamento en la nieve, cerca de un lago congelado. Durante tres días cazaron, pero no hallaron presa. La tercera noche, los atrapó una tormenta. Se quedaron echados en su casa de campaña, escuchando el aullar del viento y los árboles latiguear para un lado y para otro.

Queriendo ver la tormenta, el cazador abrió las batientes de la casa. Lo que vio lo sobresaltó. No había ni una sola ráfaga de viento agitándose, y los árboles estaban perfectamente inmóviles. Sin embargo, podía escuchar el aullido del viento. Y mientras más atención le ponía, más sonaba como si éste estuviera llamando a DéFago.

“Deeeeee – Faaaaaaaaaaaaaaa – goooo” llamaba. “ Deeeeeeeee – Faaaaaaaaaa – goooooo”.

“He de estar enloqueciendo”, pensó el cazador.

Pero DéFago se había salido de su bolsa de dormir. Estaba acurrucado en un rincón de la casa, su cabeza entre sus brazos.

“¿De qué se trata esto?” preguntó el cazador.

“No es nada”, contestó DéFago.

Pero el viento seguía llamándolo. Y DéFago se ponía cada vez más tenso e inquieto.

“Deeeeeeeeeeee – Faaaaaaaaaaaaaaaaaa – goooooo”, llamaba. “Deeeeeeeeeee – Faaaaaaaaaaaaaaaaaaa – goooooooooooooooo”.

De pronto, el guía se alzó de un salto, y se echó a correr en dirección del bosque. Pero el cazador lo agarró y lo prensó contra el suelo.

“¡No me puedes dejar aquí!” gritó el cazador.

El viento llamó otra vez, DéFago se zafó y corrió hacia la oscuridad. El cazador lo podía escuchar gritando mientras se alejaba. Una y otra vez gritaba “¡Ay mis pies de fuego, mis pies se queman!…” Luego su voz se perdía, y el viento se calmaba.

Al romper el alba, el cazador siguió las huellas de DéFago en la nieve. Iban a través del bosque, luego hacia el lago, y luego hacia el hielo.

Pero pronto notó algo extraño. Los pasos de DéFago eran cada vez más largos. Eran tan largos que ningún ser humano hubiera podido darlos. Era como si algo lo hubiera ayudado en su carrera.

El cazador siguió las huellas hasta el centro del lago congelado, pero ahí desaparecían. Primero, pensó que quizás DéFago se había caído a través del hielo, pero no había ningún agujero en éste. Luego pensó que tal vez algo lo había arrancado del hielo hacia los aires. Pero eso no tenía sentido.

Mientras estaba ahí perplejo, pensando en qué pudo haber pasado, el viento se alzó otra vez. Pronto, aullaba como durante la noche anterior. Entonces escuchó la voz de DéFago. Venía desde lo alto, y nuevamente escuchó a DéFago gritar: “¡Mis pies de fuego, mis pies se queman!…” pero no se alcanzaba a ver nada.

Ahora el cazador quería abandonar ese lugar lo más pronto posible. Regresó al campamento y empacó. Dejó algo de comida para DéFago, y emprendió el retorno. Semanas después, llegó a la civilización.

Al año siguiente, volvió a cazar en esa región. Fue al mismo puesto mercantil para buscar un guía. La gente del lugar no supo explicarle bien qué es lo que había pasado con DéFago aquella noche. Nadie lo había visto desde ese entonces.

“Tal vez fue el Wéndigo”, dijo uno de ellos, y se rió. “Dicen que viene con el viento. Te arrastra a gran velocidad hasta que se te queman los pies, y otras partes también. Luego te alza por los aires y te deja caer. Sólo es una historia loca, pero es lo que cuentan algunos indios”.

Unos cuantos días después el cazador estaba en el puesto mercantil de nuevo. Un indio entró y se sentó cerca del fuego. Se cubría con una manta, y su sombrero lo llevaba gacho de forma que no se le veía la cara. El cazador sintió algo familiar en él.

Caminó hasta él y le preguntó: “¿Eres DéFago?”

El indio no contestó.

“¿Sabes algo de él?”

Silencio.

El cazador empezó a preguntarse si quizás algo andaba mal, si el hombre tal vez necesitaba ayuda. Pero no podía verle la cara.

“¿Estás bien?” preguntó.

Nada.

Para poder verlo bien, levantó el sombrero del indio. Luego gritó. No había nada bajo el sombrero más que un montón de cenizas.


Gracias por tomarse el tiempo de leer este blog. Si quieren discutir más sobre el tema, lo pueden hacer en la página de Facebook, y si son escritores, pueden acercarse a la comunidad de G+ para Escritores.

shwartz

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